Hace unos días, mi hijo menor (dos años) decidió que no quería subirse al coche. Que prefería tirarse al suelo, llorar desconsolado y gritar como si estuviera defendiendo los derechos de toda la infancia mundial.

Yo tenía prisa. Su hermano mayor ya estaba dentro del coche, esperando. Y yo tenía una reunión online en menos de 30 minutos. Un clásico.

En otro momento (léase: con menos sueño y más serotonina en el cuerpo), quizás me habría agachado, respirado hondo, y conectado desde la calma. Pero ese día… también me dieron ganas de tirarme al suelo con él.

Y ahí pensé: qué difícil es acompañar una rabieta cuando tú también estás al límite.

No te voy a dar fórmulas mágicas, porque esto no va de trucos. Va de entender qué le pasa a tu hijo (y a ti) cuando estalla ese volcán emocional.

¿Qué pasa en el cerebro de un niño durante una rabieta?

Mucho más de lo que imaginamos. No es solo “mal comportamiento” o “manipulación”. Es desregulación emocional en estado puro. Su sistema nervioso está sobrepasado y su cerebro inmaduro no tiene todavía la capacidad de gestionar esa avalancha emocional sin ayuda externa.

Lo que llamamos rabieta es, en realidad, un grito de ayuda mal expresado: “Necesito que me sostengas porque yo no puedo solo”.

Y justo ahí es donde entramos nosotras. No para apagar el incendio, sino para convertirnos en un refugio.

¿Y qué hago entonces? ¿Cómo actúo sin perder la cabeza?

Aquí van algunas claves que, aunque no siempre funcionen como una varita mágica, sí sostienen de fondo:

  1. Quita el juicio: Tu hijo no está siendo malo. Está teniendo un mal momento.

  2. Asegura que está a salvo: físico y emocionalmente.
  3. No personalices: no es contra ti, es a través de ti.
  4. Observa y nombra lo que pasa: “Estás muy enfadado porque no querías irte…”

  5. Ofrece contención sin invadir: “Estoy aquí, aunque estés muy enfadado.” Tu presencia calma más que cualquier sermón.

  6. Respira tú primero, en serio, respira: Tu calma es más contagiosa que tus palabras.

  7. Sostén sin exigir que se calme rápido: La regulación no es inmediata, necesita tu tiempo y tu tono.

Y si un día no puedes sostener, si gritas o reaccionas con más intensidad de la que te gustaría, recuérdalo: se puede reparar. Siempre. La conexión no está en hacerlo perfecto, sino en volver a mirarnos con ternura después del caos.

¿Y si yo también estoy al límite?

Bienvenida al club. A veces el suelo parece tentador incluso para nosotras.

Y aquí viene la parte que muchas veces se nos olvida: tú también necesitas recursos. Porque acompañar rabietas sin gritar requiere más que teoría. Requiere cuidado propio, comprensión profunda de lo que pasa… y también una mirada compasiva hacia ti misma.

Por eso creé el curso «Rabietas sin culpa». Porque sé que no se trata solo de saber qué decir, sino de entender desde dentro lo que le pasa a tu hijo… y a ti. En este curso te doy herramientas prácticas, explicaciones sencillas (pero con base en neurociencia) y sobre todo, una forma más humana y menos exigente de vivir esos momentos difíciles.

Si alguna vez has sentido que “ya sabes lo que deberías hacer, pero no te sale”, este curso es para ti.

 Puedes conocerlo aquí y apuntarte si resuena contigo.

No necesitas hacerlo todo bien. Solo necesitas saber que puedes volver a intentarlo. Y si lo hacemos acompañadas, muchísimo mejor.

Anna